Editorial

Algo de Nietzsche

“No hay que olvidarlo. Cuanto más nos elevemos, más pequeños pareceremos a los que no saben volar”.  La frase le pertenece a Nietzsche, filósofo alemán, y calza perfectamente con el Chile de siempre.  Ese que reniega a los soñadores y tapa con prepotencia la creación.  Cuántas Violeta Parra, Neruda, Jara y tantos más quedaron en el camino por esa escuela que enseñó a obedecer y no a resolver.  Que castigó al que tenía una mirada diferente.  Que cerró una discusión con un simple “porque sí”, el gran argumento de la ignorancia.

Así, las salas de clases han sido la antesala de esta sociedad, un lugar donde siempre hay alguien que te fusila el sueño, la idea, la aventura de ser tú mismo. 

Con el tiempo los “porque sí” derivan en balas, cárceles, torturas… en ese barro de civilidad florecen las dictaduras y se acallan para siempre a los disidentes.   Basta mirar atrás y ver que este Chile está poblado de liderazgos sepultados y acallados por el orden, palabra que se ha transformado en el abracadabra que sintetiza la NO historia de nuestro país.  Un orden que viene con fuerza desde 1823, cuando las regiones fueron aplastadas por la desidia y el ejército privado de Portales.

 

Por es bueno echar en cara que nuestro próceres son las víctimas más antiguas: Bernardo O’Higgins murió triste y abandonado en el Perú, sacrificado por una clase terrateniente que no aceptó la abolición de sus títulos nobiliarios.  José Miguel Carrera, el primer Presidente del país fue fusilado, sacrificado por la jauría chaquetera de entonces; Manuel Rodríguez, fusilado también, el 26 de mayo de de 1818 en Til Til; el hecho aún enluta nuestra breve historia nacional. 

Décadas más tarde, Gabriela Mistral reconoce en sus escritos y cartas las pocas ganas de enfrentar a las cuadrillas de críticas mal intencionadas que aparecían cada vez que regresaba de sus viajes a suelo natal.  Si no le dan el premio Nóbel de Literatura primero, de seguro nunca recibe el nacional.  

Así el chaqueteo, la expresión más pura del no dejar volar es deporte nativo.  Se puede practicar de a uno o de manera colectiva.  Nadie se queja más en el orbe que nosotros de nosotros mismos, aún en la alabanza: “linda tu camisa”, dice uno; “sí pero es vieja”, responde otro.

Incluso el poder de facto abusa y usa a su conveniencia: en la Guerra del Pacífico, los discursos exaltaron la raza y la nobleza del pueblo mapuche.  Claro, estábamos en guerra y los cupos del ejército del roto chileno, los tenía principalmente la Gente de la Tierra.  Casi inmediatamente después cuando se “Pacificó la Araucanía” -título eufemístico y pomposo que algunos historiadores dan a la matanza del Coronel Cornelio Saavedra-, los mismos guerreros que recordaban a Lautaro, Colo-Colo, Caupolicán, pasaron a ser borrachos, flojos, incultos. 

Insisto, amigos y amigas, no hay que dejarse avasallar y de vez en cuando recordar la frase del loco Nietzsche: “No hay que olvidarlo. Cuanto más nos elevemos, más pequeños pareceremos a los que no saben volar”.

 

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