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Refugiado en el seno Lauta, a pocos metros del canal Beagle, la antigua embarcación de la Armada entrega apoyo logístico a todas las naves a vela que cruzan el Cabo de Hornos o pasan por la Antártica.

El transporte a carbón “Contramaestre Micalvi” navegó durante 35 años por los intrincados canales australes, transformándose en unos de los símbolos de la soberanía chilena en la década del 1950. Hoy, el viejo armatoste de 146 metros de largo es el principal lugar de encuentro de los yatistas de todo el mundo. Dicen que es la “picada” más austral del planeta. Ofrece internet, agua, descanso y la oportunidad de hablar de vientos, mástiles, tormentas, naufragios. Algunos navegantes van de paso, y otros quedan atrapados para siempre.

El inglés Magnus Day, pasó a cargar provisiones por una semana y ya lleva once años, con idas y vueltas a su país, pero con la nave atada al Micalvi. “Este lugar es la paz después de la tormenta. El espacio para recuperar energías y encontrarse con personas que transmiten la misma frecuencia. Me hice adicto a la antártica, al Cabo de Hornos y a los mares australes”, asegura Day.

La francesa Maëva Philbert, 22 años, llegó por cuatro días y ya lleva 4 meses y medio. “No hay otro lugar igual. Fui al Cabo de Hornos, he navegado por ventisqueros y no sé cuándo regrese… de momento no tengo planes definidos”, explica.

Durante la temporada, la cantidad de veleros ha aumentado el doble respecto a otros años y en los días de mayor afluencia hay hasta 43 naves atadas al Micalvi. Por día, pagan un precio de 7000 pesos. Si sólo fondean, sin derecho a amarra, baja a 5000 pesos. Es tanto el interés que algunos yates permanecen todo el invierno atracados, mientras sus dueños viajan a su país de origen.

El desfile de yates, de distintas dimensiones, colores y lujos que asoman por el Club son una postal que hipnotiza. Al fondo, lucen imponentes los Dientes de Navarino, la última prolongación de la cordillera Darwin, con unos pináculos que asemejan una dentadura, y a pocos metros la pequeña localidad de Puerto Williams, ubicada a 1.250 kilómetros al sur de Punta Arenas. Son casi 23 horas de navegación, sorteando canales, islotes y ventisqueros antes de arribar.

En marzo de 2014, James Burwick, rumbo al Cabo de Hornos, naufragó junto a su familia. El mástil de la nave quedó totalmente destruido. La Armada lo rescató y hoy vive en su pequeña embarcación atada al Micalvi. Realiza trabajos esporádicos en los yates que llegan y está enamorado del lugar, tanto que ya parece un nativo de la zona.

“Hemos navegado por todo el mundo y hoy día nos queremos quedar acá definitivamente. Estamos muy contentos porque le estamos dando el regalo del mar a los niños”, explica Burwick.

El argentino Tomy Porco fische, 14 años, vive en Ushuaia, hijo de navegante, asegura que en el Club de Yates Naúticos Micalvi siempre se aprende algo nuevo de los viejos marineros. “A los 10 años hice mi primer cruce al Cabo de Hornos y más de una Navidad y Año Nuevo lo hemos pasado navegando”.

La vieja nave transformada en pontón el año 1961, comenzó a funcionar como Club Náutico el año 1983.  Su nombre es un homenaje al contramaestre Constantino Micalvi, joven marinero que participó en el combate naval de Iquique a bordo de la Esmeralda.

Hoy día, la embarcación es paso obligado de los marinos que desafían la furia de los mares del sur.