Guiño Literario

Al llegar, Nekkalm sintió el mismo asco de los guanacos cuando comen hierba fresca rociada con orín de chinche.  Había cruzado la línea donde caen los mares, más allá de su cielo del Oeste, Kéikruk, y de la cosmología trazada desde siempre en sus pasos, al menos eso creía.  

Al poco andar un olor a tiempo seco, carcomido por el desamparo salía de las madrigueras de los bárbaros.  Eran cientos de aposentos nunca vistos, transitorios, desaliñados que subían del mar hacia los cerros, improvisadas fogatas al interior de casonas adustas, todas repartidas como si el ñandú en su zigzagueo asustado las hubiera diseminado bajo el horizonte de la sagrada tierra de Karukinka. 

En medio del espontáneo caserío, un centenar de seres diminutos lo rodeó. No portaban arcos ni flechas. Vestían con pieles extrañas y cubrían sus cabezas blancas y amarillas con texturas que no pertenecían a los animales de la tierra.

En tanto, los bárbaros abrumados por la desnudes de Nekkalm, poco a poco se acercaron; algunos lo hurgaron con la vista, y otros con la mano seguían con asombro las figuras trazadas en su cuerpo.  De pie a cabeza, por la espalda y las piernas repasaban sin siquiera sospechar que los dibujos coloridos representaban espíritus traviesos que atormentan a los jóvenes durante el descubrimiento de sus primeras tradiciones.

“Shekkmaene, ckalinnmein” susurró Nekkalm. 

En un idioma desconocido respondieron los extranjeros. Así, de todas las bocas brotó al mismo tiempo una masa desordenada de sonidos guturales, similares al rayo fulminante cuando con rabia enciende un bosque. 

Llegaban más hombres, pero uno se abría paso con una brutal autoridad.

Nekkalm los había descubierto de casualidad, luego de un largo viaje donde la luna nació y murió 1492 veces. Ese día, veinte animales blancos y dóciles, más pequeños que el guanaco habían sido regalados por Témaukel para la alimentación de su tribu. Puestos dóciles sobre la pradera solo tuvieron que cogerlos. La cuenta de los animales la llevaba en oraciones al Kéikruk, lo hacían todos, pero pocos eran tan rigurosos como él.

“Shekkmaene, ckalinnmein”, volvió a bendecir Nekkalm.  Y de las bocas rabiosas de los barbudos saltaron nuevos pumas hambrientos, hilos de oraciones primitivas, bestiales que nada podían significar. La incoherencia parecía normal y tan frágil la existencia que el mal olor, el desaseo, el descuido de barbas y ropajes parecían una invención de los traviesos Kamshout, porque ni los gestos ni los sinsentidos de las palabras pertenecían a la tierra de los hombres libres.  Ni siquiera la mente aguda de los sabios hubiera podido descifrar ese raro lenguaje, pensó. 

Julius le decían, al menos eso entendió Nekkalm.  El hombre, más alto que el promedio de los otros bárbaros, lucía un bigote que detenía la sonrisa.  Cargaba una extraña lanza de hierro, sobre un bolso de cuero.

Estaba en el diálogo de sus convicciones, en el asombro por lo imperfecto, cuando Nekkalm escuchó al viento silbar más fuerte.  El impulso del aire atravesó su piel pintada con los valores de su raza, con el misterio que une a la esencia, a la tierra, a los cielos, al tejido asombroso de la boca hacia las palabras y viceversa.  Fue un momento sagrado, de la presencia de lo divino sin trascendencia, de lo divino sin Dios, de la nada ordenando el caos.  

“Shekkmaene, ckalinnmein”, gritó lleno de alegría Nekkalm. 

Nada se detuvo.  Solo sintió un pequeño dolor de oídos. Quería decirles la verdad, que en su viaje la luna nació y murió 1492 veces… Su cuerpo le parecía ajeno y los ruidos del viento entraban a su carne, como la lanza y quedaban asidos en la finitud de lo infinito.  Y su cuerpo cayó al suelo, mientras el hombre alto cortaba para siempre el sonido, colocándolo en una bolsa llena de orejas.  

Por primera vez, Nekkalm presintió el abandono de sus dioses, el hallazgo era la certeza más notoria y absoluta que estaba al otro lado del mundo: en el olvido, bajo las bruces del silencio.