“Condorcanqui Túpac Amaru, / sabio señor, padre justo, / viste subir a Tungasuca / la primavera desolada / de los escalones andinos, / y con ella sal y desdicha, / iniquidades y tormentos./ Señor Inca, padre cacique, / todo en tus ojos se guardaba / como en un cofre calcinado / por el amor y la tristeza./ El indio te golpeó la espalda, / en que las nuevas mordeduras / brillaban en las cicatrices / de otros castigos apagados, / era una espalda y otra espalda, / toda la altura sacudida / por las cascadas del sollozo … “.

Así reza parte del poema de Pablo Neruda dedicado a Túpac Amaru II, uno de los héroes olvidados en esta parte del continente, como todo lo que suene a indígena. El caudillo, descendiente inca, lideró la mayor rebelión anticolonial en América durante el siglo XVIII. Fue el primero en pedir la libertad de toda la región de cualquier dependencia, tanto de España como de su monarca, implicando esto no solo la separación política sino la separación de diversas formas de explotación indígena (mita minera, reparto de mercancías, obrajes), de los corregimientos, alcabalas y aduanas.

Además decretó la abolición de la esclavitud negra por primera vez en América, el 16 de noviembre de 1780.

Descendía de Túpac Amaru I, último Sapa Inca, ejecutado por los españoles en el siglo XVI. La “Gran rebelión”, la evolución el 4 de noviembre de 1780 y abarcó el Virreinato del Río de la Plata y del Perú. Pero sucedió lo inesperado. El 8 de enero de 1781 los rebeldes son vencidos y Túpac Amaru capturado. Su fin sería cruel.

El 18 de mayo es obligado a asistir a la Plaza de Armas de Cusco a fin de presenciar la ejecución de toda su familia, entre ellos su esposa Micaela Bastidas, con quien había contraído matrimonio a la edad de 20 años, sus aliados y amigos. Luego, al líder indígena, le cortaron la lengua y ataron sus extremidades, piernas y brazos, cuatro caballos a fin de descuartizarlo vivo, una idea atroz que no lograron concluir por lo que decidieron decapitarlo, clavar su cabeza a una lanza, despedazarlo y enviar sus cuatro miembros a cuatro ciudades diferentes.

Neruda entonces continúa: “(…) Los hondos pueblos de la arcilla, / los telares sacrificados, / las húmedas casas de arena / dicen en silencio:“ Túpac ”, / y Túpac es una semilla, / dicen en silencio:“ Túpac ” , / y Túpac se guarda en el surco, / dicen en silencio: “Túpac”, / y Túpac germina en la tierra ”.